¡Quizás podríamos llamarlo un alivio!

La mayoría de quienes recibieron un tratamiento, nos cuentan cómo perciben que la vida se ha convertido en algo más llevadero, sencillo y menos complicado.

A menudo nos enfrentamos a la sensación de no saber bien qué hacer con nuestra vida o no saber cómo mejorarla. Pero después del tratamiento lo que antes parecía confuso, ya ha dejado de serlo. Este cambio se siente en el cuerpo y en las emociones. De pronto se abren muchos caminos y disponemos de la energía para probarlos. Se regresa el movimiento a algo que estaba detenido y estancado. Expresado de manera poética, se vuelve a la vida.

El cuerpo es siempre el punto de partida. Es el cuerpo quién nos avisa cuando algo está mal y es el cuerpo el que sufre las consecuencias de todas nuestras acciones -o la falta de ellas-.

Estas consecuencias se trasforman y aparecen como tensiones, bloqueos y, por lo tanto, en dolores, que nos persiguen en nuestra vida cotidiana.

Metafóricamente decimos que algo “nos mueve” o “nos ha tocado” cuando nuestras emociones se han implicado. Esto es lo que sucede en un tratamiento. Estamos moviendo y tocando emociones. Y la vida volverá a funcionar en armonía, cuando los sentimientos puedan fluir libres y sin limitaciones a través del cuerpo.

Cuando los sentimientos logran tener su espacio, nos podemos relacionar mejor con nosotros mismos y sentir con más nitidez lo que queremos (o no queremos). También podremos mejorar las relaciones con los demás y así mejorar, cuando recibimos y cuando decidimos decir que no. Tal vez podremos sentirnos un poco más frágiles con respecto a nuestro propio potencial sin explotar, el sentir nuestro lugar en el mundo – para el mundo.

¿Tal vez sea nuestra dificultad para relacionarnos la que nos enferma? ¿Y será el volver a potenciar éstas relaciones lo que nos devuelve la salud? Entonces, quizá deberíamos llamar la tarea realizada por ManuVision una reconstrucción de relaciones.